El mito egipcio de la venganza de Horus

El Ojo de Horus

Desde su más tierna infancia y a medida que el joven Horus iba creciendo recibía las frecuentes visitas de su padre Osiris, quien buscaba preparar a su hijo para el inevitable encuentro con Seth. Horus sería el encargado de vengar la muerte de su padre a manos de Seth, y el espíritu de su difunto padre estaba predeterminado a prepararle para la victoria.

Una vez que Osiris creyó que Horus podía estar preparado le formuló dos preguntas. En primer lugar preguntó su hijo que cual consideraba la más bella de las acciones, a lo que éste respondió que la venganza de los padres injustamente tratados. Complacido por la respuesta el difunto padre le preguntó que cual era el animal más útil en el campo de batalla, a lo que Horus respondió que el caballo para sorpresa de Osiris, quien consideraba que era el león. Horus le hizo ver las ventajas que el caballo tenía sobre el león como arma ofensiva y además como medio de moverse y perseguir al enemigo.

Ante esta respuesta Osiris reunió un ejército y se lo cedió a Horus, a quien ya creía preparado para enfrentarse a las fuerzas de Seth. Fue entonces que Ra vislumbró el futuro mirando fijamente al ojo de Horus, donde buscaba a la figura de Seth para predecir sus movimientos, pero Seth fue más astuto y se transformó en un jabalí para pasar desapercibido y logró acercarse a Horus, lanzando una llamarada hacia sus ojos y causándole gran dolor.

El disfraz de Seth fue descubierto pero logró escapar, ante la mermada vista de Horus, quien logró recuperarse de sus heridas y se encaminó con su ejército para enfrentarse a su enemigo. Ambos ejércitos se encontraron en la primera de las cataratas del Nilo.

Seth tomó la forma de un hipopótamo y se encaminó hacia la isla de Elefantina, desde la que envió una maldición a Horus y a su madre Isis, consistente en una terrible tempestad acompañada de prodigiosas lluvias. Esta tormenta cayó con dureza sobre los barcos que transportaban al ejército de Horus, que para salvar sus naves se transformó en un gigante de cuatro metros de altura, logrando con su fuerza evitar la destrucción y pérdida de sus tropas.

Luego tomó un gran arpón en sus gigantescas manos y vio al hipopótamo (Seth) abrir sus fauces para devorarle, pero Horus lanzó el arpón en el interior de la enorme boca, atravesando la cabeza de Seth y terminando con su vida en el acto, tras lo cual su cuerpo se hundió en las aguas del Nilo, cerca de la isla de Edfú. Instantes después la tormenta invocada por Seth se disipó y sus tropas huyeron despavoridas al no contar con su dios para guiarles.

A partir de este día se celebraría cada año una fiesta en conmemoración de la victoria de Horus, quien logró vengar las fechorías cometidas por Seth y restablecer la paz espiritual de sus padres.

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Categorias: Mitologia egipcia



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